No todo es culpa de las redes sociales

Durante el último año y medio, el Departamento de Historia de la Educación de la Universidad de Stanford ha realizado un estudio para determinar la capacidad de juzgar la credibilidad de la información que alimenta los smartphones, tabletas y computadoras de los jóvenes estadounidenses.

Para el estudio, basado en más de siete mil encuestas, se incluyeron: tanto centros educativos en zonas más humildes del centro de Los Ángeles, como en escuelas de alto nivel en las zonas residenciales de Minneapolis; desde las universidades más elitistas, como la propia Stanford, que rechaza al 94% de los solicitantes de plaza, hasta las grandes universidades estatales, que admiten a la mayoría de los estudiantes que se presentan a ellas.

A la hora de hacer el estudio esperaban que los estudiantes de secundaria pudieran distinguir un anuncio de una noticia, o que al leer acerca de las leyes de armas notarán que el gráfico que acompañaba a dicha noticia procedía de una organización responsable de las relaciones públicas de los fabricantes de armas. Se esperaba que los estudiantes universitarios, que pasan horas cada día en línea, miren más allá de una URL .org y pregunten quién está detrás de un sitio en Internet que sólo presenta uno de los lados sobre un tema polémico. Pero en gran parte de los casos, les resultó sorprendente la falta de preparación de los estudiantes para evaluar la información que están recibiendo.

Está claro que los “nativos digitales” son capaces de estar a caballo entre Facebook y Twitter, mientras que simultáneamente suben un selfie a Instagram y enviar mensajes de vídeo a un amigo por Snapchat. Pero cuando se trata de evaluar la información que reciben a través de los muros de los medios sociales, es muy fácil engañarles.

Tradicionalmente la gente se basaba en la labor de periodistas, editores y expertos en una determinada materia para examinar la información que consumían. Sin embargo en el actual ecosistema digital, ante la vasta cantidad de información que circula por el mismo, no se dispone de elementos suficientes que permitan contrastar y enfrentar un hecho noticioso, lo que se traduce en que los usuarios deben tener una capacidad suficiente para determinar la validez de la información que están recibiendo y de los medios y soportes que se la hacen llegar.

A raíz de los recientes resultados en distintas consultas populares y procesos electorales (Brexit, Acuerdos de Paz en Colombia, Elecciones en Estados Unidos,…), se ha extendido la honda preocupación, entre gran parte de la sociedad, en que la democracia se vea amenazada por la facilidad con que la desinformación puede propagarse y reproducirse. El profesor de filosofía en la Universidad de Connecticut, Michael Lynch, gran estudioso del impacto que tienen y han tenido en la sociedad los avances tecnológicos, afirmó que Internet es “el mejor recopilador y verificador de hechos del mundo y, al mismo tiempo, el que mayor sesgo tiene sobre los mismos”.

Nunca hemos tenido tanta información a nuestro alcance como en la actualidad, pero si esta nos hará ser más inteligentes y estar mejor informados o nos hará más ignorantes y estrechos de mente.

No será suficiente con que los gigantes digitales implementen tecnologías que limiten la difusión y diseminación de noticias falsas, también dependerá de nuestra conciencia ante este problema y la respuesta que, como sociedad, demos ante el desafío educativo que supone esta realidad.

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